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Este tramo es de los más encantadores que pueden recorrerse en Cataluña. Posee trechos de una belleza excepcional, como los 20 km que llevan de Prades a l’Espluga de Francolí, y lugares históricos únicos, como el monasterio de Poblet o la localidad de Montblanc. Si se está rodando cerca de esta región, bien costeando por el litoral mediterráneo, bien en ruta entre el centro (o Aragón) y Cataluña, vale la pena dar el rodeo y disfrutar de los paisajes, los pueblos y las curvas de estas sierras. Además, nos hallamos bordeando tres zonas productoras de vino de entre las más importantes de Cataluña.
Desde Reus una buena carretera se adentra en tierras de El Priorato (en el km 8 se abandona la N 420, dirección Gandesa, para tomar la desviación a Les Borges del Camp por la C 242). El trayecto recorre campos cubiertos por viñedos al abrigo de las paredes calizas de la sierra de la Mussara, cuya monotonía de piedra corre a mano derecha de la carretera, y las cresterías del Montsant (que da nombre a otra importante Denominación de Origen cuyos vinos pasan por ser los hermanos humildes de los carísimos prioratos), por el lado opuesto. Ambos son como murallas que impiden que las viñas sufran con los fríos vientos del norte y permiten que prosperen las uvas con que se produce el vino de El Priorato, de altísima calidad y fama internacional.
Albarca aparece como una aldea que se dispone en hilera en el borde mismo de un barranco, con su pequeña iglesia de piedra en el centro. Desde esta pequeña localidad se inicia un ascenso ininterrumpido hasta Prades por una carretera montaraz, una sucesión de curvas, ninguna de excesiva dificultad, que serpentean a la sombra de los cipreses, encinas y pinos albares.
De Prades lo primero que salta a la vista es que es un pueblo invadido por veraneantes en temporada estival y por excursionistas y aficionados a las actividades al aire libre durante todo el año.
Desde Prades hasta el monasterio de Poblet la carretera es muy estrecha pero con estupendo firme. El trazado es sinuosísimo y con una frondosa vegetación a cada lado del camino, compuesta por pinos, castaños y acacias. Se trata de un sector en el que se aúnan a la perfección la belleza paisajística y la emoción que proporciona seguir su trayecto. Es un constante descender hacia la llanura donde se halla el monasterio, que se divisa en la lejanía.
El monasterio de Poblet es de visita obligada. Se trata de uno de los conjuntos monacales más importantes de Europa. Estuvo durante muchos años en estado de abandono y cerca de arruinarse por completo, pero no hace mucho que fue remodelado e, incluso, en él reside una comunidad de monjes benedictinos. La visita exige, como mínimo, una hora (dentro del recinto hay una cafetería donde reponer fuerzas).
El recorrido hasta l’Espluga de Francolí es magnífico. Los montes próximos y los profundos valles que se forman entre ellos están cubiertos por una tupida vegetación, en parte perteneciente al bosque de Poblet. Se abandona la T 700 para tomar la N 240 en dirección a Montblanc, distante unos 6 km, por un valle de gran exuberancia.
Montblanc tiene un origen íntimamente vinculado a la Edad Media y los reyes catalanes. Como el monasterio de Poblet, fue fundado por Ramón Berenguer IV en el año 1155 y, aún hoy, su atmósfera medieval se detecta en muchos rincones de la villa. Desde lejos llama la atención por su apretado recinto amurallado, del que parecen sobresalir por estrangulación algunas torres de piedra románica. Se pueden bordear las murallas en todo su perímetro y entrar por alguna de las múltiples puertas, casi todas estrechas, que van a dar a callejuelas empedradas.
El valle que forma el curso del río Francolí es de una feracidad exuberante. Grandes extensiones de viñedos en espaldera (para aprovechar al máximo las horas de insolación de la planta) solo se ven interrumpidas por manchas de pino y de roble. Este panorama se extiende desde Montblanc hasta Vallverd de Queralt, donde el paisaje deja su frondosidad para convertirse en una sucesión de lomas secas y muy poco arbolado.
Lo más atractivo de la ruta se encuentra entre Aguiló y el cruce con San Martí, justo donde se halla el límite entre las provincias de Tarragona y Barcelona.
Igualada es una ciudad industrial donde, como en tantos sitios en Cataluña, su origen medieval apenas es visible por unos pocos vestigios que se han salvado de la piqueta.
La sierra de Montserrat queda a tiro de piedra y la conurbación de Barcelona, con Terrasa como localidad más atractiva, apenas a una cincuentena de kilómetros. Esto es el corazón de Cataluña.
Otras muchas rutas en España en moto.
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A Granada se puede llegar por la izquierda, por la derecha, por el norte o por suroeste, pero siendo tan bella como es, lo importante, una vez más, no es llegar sino el camino que recorremos hasta alcanzarla. Y esta ruta que aquí se propone es, probablemente, la más emocionante. Recorre de norte a sur el Parque Natural de Cazorla, Segura y Las Villas, que pasa por ser el más grande de Europa: aquí el agua es el protagonista absoluto; aquí se encuentra el curso alto del Guadalquivir; aquí se bordean grandes extensiones cubiertas de embalses hasta el punto que parte del itinerario podría hacerse en moto de agua. Cuando se sale del Parque, bordeando la sierra Mágina, a través de una inmensidad de olivos, la ruta nos lleva hasta la capital de Andalucía oriental.
Beas de Segura lo intenta, pero no termina de ser bonita; es una de tantas localidades que, desde lejos, resulta más atractiva que dentro de ellas.
Los 20 km que separan Beas de Cortijos Nuevos deberían figurar en una antología de lo mejor para mototuristas. Una carretera de montaña que ondula amablemente sus humildes dimensiones como lo hace una curva de nivel en un mapa. Delicioso.
La ruta se adentra bruscamente en un inmenso campo de olivos alineados en todas direcciones; todo lo cubre la palidez de muchos y magníficos ejemplares, excepto en la vega, donde crecen los pinos piñoneros, los alcornoques, los cipreses y las pitas. El trayecto va abriéndose ahora por un pinar hasta que, repentinamente, nos asomamos ante una grandiosa panorámica: la llanura por la que discurre el río Hornos abajo, el pico El Yermo enfrente y la crestería de la sierra de Cazorla, nevada hasta la primavera, hacia el sur.
Se deja atrás Cortijos Nuevos dirección Hornos hasta un cruce donde una señal indica “Cazorla 71 km”. La verdad es que muchos de esos kilómetros, con una infinidad de curvas, resultan realmente fascinantes.
Se trata de un prolongadísimo descenso en todo momento festoneado por pinos, olivos, quejigos, casi siempre por hileras de cipreses. No es infrecuente ver sobre nuestras cabezas el planear de alguna rapaz: águilas, alimoches, buitres leonados… (si va a ser durante más de un segundo, mejor detener la moto; es una sugerencia).
Nos adentramos en el Parque Natural de Cazorla, Segura y Las Villas, una vasta área con una riqueza paisajística, además de lo extraordinario de su biodiversidad, que la convierte en uno de los espacios naturales protegidos más importantes de España.
Desde la carretera dominamos las azules aguas del embalse de El Tranco: el caudal lo aporta el río Guadalquivir que, como el Segura, nace en esta sierra, aunque luego cada cual vaya a dar a mares distintos; aquel al Atlántico, en el litoral del Parque Nacional de Doñana; este al Mediterráneo. Como hermanos que tiran, cada uno, por su lado.
En el km 47 se encuentra la casa que aloja el centro de información del Parque Natural, en un paraje denominado Torre del Vinagre, donde es posible informarse de todas las pistas necesarias para interpretar la Naturaleza circundante.
Cruzamos Arroyo Frío, la mayor concentración de servicios turísticos de todo el Parque, una especie de Torremolinos serrano, para iniciar el ascenso al puerto de Las Palomas, entre retazos de monte donde el bosque fue arrasado por un incendio. Desde lo alto se consigue una anchísima visión del Parque, algunos de cuyos ángulos resultan particularmente espectaculares.
El puerto no solo delimita la divisoria de aguas, sino un cambio notable en la carretera, que gana en proporciones y en cantidad de pintura empleada para dibujarla. El descenso hasta Cazorla, con un paisaje totalmente distinto del que traíamos a la vista es muy gratificante.
Apenas a 2 km de La Iruela, con su castillo en posición de nido de águilas, llegamos a Cazorla, que es la capital de la sierra. Es esta una localidad sumamente agradable, con algunos interesantes monumentos y unos rincones urbanos donde detenerse, simplemente, a echar el rato en alguna terraza. Vale la pena hacer una parada y dedicarle unas cuantas horas si es que se decide seguir ruta.
Se deja Cazorla para dirigirnos hacia Quesada por la A 322, pero antes de llegar a esta localidad se toma la A 315, dirección Peal del Becerro. Parece como si la carretera fuese pidiendo permiso para pasar entre los olivos. Solitaria, parcheada a tramos, descarnada en otros, va recorriendo campos y pueblos como Quesada (hay que desviarse un par de kilómetros), con su pequeña judería y su museo dedicado al pintor Zabaleta, y Jódar, con su aspecto señorón. Desde aquí, y hasta Iznalloz, se hace por la A 401, primero, y luego por la A 323, un lujazo de carreteras, anchas, en perfecto estado y curvas de mucha visibilidad, para llegar finalmente a Granada, una de las ciudades más bellas de España.

Puerto del Veleta – © Pedro Pardo
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Decenas de playas, medio urbanas unas, casi salvajes la mayoría, se abren a las aguas esmeraldas del Cantábrico; pero, sobre todo, sirimiri, orballo, lluvia menuda, como se le va llamando a la lluvia según rodamos del este al oeste, pero no es impedimento para disfrutar de un itinerario que bordea marismas y rías por un paisaje de gran atractivo, acentuado por la suavidad de las colinas y la amplia gama de verdes que lo cubren todo, desde el intenso de los pastos, al pálido de los eucaliptos y los apagados castaños. Una vez se entra en Asturias las masas de eucaliptos se agrandan y aparecen al borde del camino las primeras casas de indiano, solitarias, sólidas y siempre con una alta palmera a su vera. Corto y precioso recorrido para quienes amen los paisajes litorales, las playas solitarias y las praderas cubiertas de hierba perenne.

Santillana del Mar es uno de esos lugares que merecen una desviación, incluso de muchos kilómetros, dado que se trata de uno de los pueblos más bellos de España. El acceso está prohibido para el tráfico rodado, por lo que la moto hay que aparcarla en las áreas de parking señalizadas.
Muy cerca de la localidad se hallan las archifamosas Cuevas de Altamira a las que se ha llamado, sin mucha imaginación, la “Capilla Sixtina del Paleolítico”. Lo que se puede visitar no es la cueva propiamente sino una fidelísima reproducción, a tamaño real, instalada en un museo anejo a la cueva.
La playa de Comillas aparece a la vista a la salida de una curva. La villa queda en lo alto y hasta el mar solo descienden algunos edificios para veraneantes. Hay en esta localidad tres muestras extraordinarias de la arquitectura modernista, de obligada visita.
Desde el cementerio, en la parte más alta de la localidad, parte una estrecha carretera que, costeando, llega a la playa de Oyambre a través del barrio de Trasvía. Hay en este lugar un restaurante-mirador con espléndida vista sobre la ría de La Rabia y el arenal que se forma en su desembocadura.
Se llega a San Vicente de la Barquera por un tramo de carretera bordeada por densas hileras de arces, nogales y castaños, que va a dar al largo puente de la Maza que salva, con sus 32 arcos, un ancho arenal. En el recoveco más abrigado del estuario se apiñan los barcos de esta villa de larga tradición marinera.
El sector asturiano de la ruta discurre entre praderas, masas de eucaliptos y retazos de bosque atlántico, en los que abundan los castaños y los arces. Hay algunos tramos verdaderamente lujuriosos, entre colinas mullidas por la vegetación y el vaho que suda la tierra los días húmedos. Uno de esos tramos de carretera que da pena que se termine.
El aspecto de Llanes está condicionado por su orografía, encajonada en un estrecho valle del río Carrocedo que, al encontrarse con el mar, se convertirá en la ría de Llanes, también angosta, habiéndose canalizado entre paredes de piedra hasta el rompeolas.
No se ha de olvidar que la localidad posee un buen número de monumentos de enorme interés y un gran encanto el puerto, en cuyo espigón se amontonan los Cubos de la Memoria que no son sino los grandes cubos de cemento del rompeolas pintados por el pintor vasco Agustín Ibarrola, del mismo modo que lo hizo con los árboles del Bosque de Oma, en Vizcaya.
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