La señora Estrella de Diego vuelve a publicar en El País (suplemento Babelia del 8 de Septiembre) para aleccionarnos sobre la diferencia entre viajeros y turistas. No es la primera vez que insiste en este tema de tantísima trascendencia (véase su artículo “Maldito Turismo” en Babelia del 7 de abril de este mismo año sobre el que ya publicamos una reflexión en este blog: http://www.anayatouring.com/blog/page/12/) pero como le pagan para escribir sobre ello, pues erre que erre.
Naturalmente “turista” es una clase inferior de una escala donde el “viajero” merece la más alta estima. Y me he quedado preocupado por saber si después de viajar toda la vida puedo considerarme viajero o no soy más que un simple turista. O sea, si he hecho el tonto mientras recorría el mundo o me he ganado un título superior expedido por doña Estrella.
Veamos, según ella, una de las diferencias. Resulta que los turistas, pero no los viajeros, se desplazan con una “idea fija en mente: volver a casa”; “el viajero tiene como meta llegar al lugar de sus aspiraciones, el turista se aferra a la idea del regreso a casa”; el viajero “deja fuera de su realidad la vuelta a casa”… Pero resulta que casi todos, por no decir todos, los viajeros regresan a casa, luego en algún momento del viaje habrán tenido que pensar en el regreso. O sea, todo viajero tiende a convertirse en turista. Sí, es un poco retorcido, pero yo no soy el culpable.
Tengo una hermana que hace grandes viajes en solitario por los lugares más increíbles del mundo. Durante los primeros días de cualquiera de ellos le cuesta resistirse a los deseos de volver a casa cuanto antes y piensa con frecuencia que no va a soportar seis semanas en ese país, etc. A la sexta semana lo que la descompone es la idea de volver a casa. O sea, que algunos turistas (mi hermana, por ejemplo) tienden a convertirse, espontáneamente, en viajeros. Esto ya es más interesante.
Todo dios, viajeros, turistas, becarios, mediopensionistas, etc., nos vemos apelotonados frente a la Gioconda en el Louvre parisino. Hay uno que mira a los demás y los ve como borregos. Y acuña un término que lo diferencie de todos ellos: viajero; los demás son turistas-borregos. Sé por experiencia que sólo aquellos que se ven a menudo en una situación como ésta insisten en diferenciar turista y viajero. Los que viajan por el África remota, o por la antigua Cochinchina, ni se lo plantean.
Bebedor de vino es el que bebe vino por gusto. Viajero es el que viaja por gusto (si no lo hace por ese motivo, entonces, es un viajante, o un exiliado).
Entre los bebedores los hay borrachines, aficionados, coleccionistas, catadores, sumillers, etc. Pero entre los viajeros… ¡todos somos turistas!, algo con lo que, además, los lugareños nos identifican cuando viajamos a cualquier lugar. Y póngale usted el adjetivo que quiera (turista cultural, de naturaleza, etc.). Sin complejos, mujer, que ya tiene usted una edad.
Hemingway vino a España a hacer turismo y el muy puñetero se llevó una novela en la cabeza. Y muchos viajeros americanos la leyeron y vinieron a Pamplona tras sus pasos ¿”Turismo literario”? Es posible, aunque lo seguro suele ser “Viaje sicodélico de pacharán y chistorra”.
Tomás Cuk
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Por Tomás Cuk
Está claro que esta señora tiene serias dificultades para entender la experiencia turística y, dada su declarada atracción fetichista por Freud, que le lleva a visitar los sitios donde aquel escribió sus obras, es bastante probable que esa incomprensión lo sea también de otros ámbitos de la experiencia personal, como podría ser la musical, la res publica o la sexualidad, pongamos por caso. Y es que ante ese amasijo de lugares comunes y prejuicios que reúne en su columna, la única exclamación que merece es “¡Maldita vagancia!”.
Hace más de tres décadas que viajo para hacer turismo. Insisto, tres décadas viajando no para vender representaciones, sino para turistear, no para hacer “viajes” que, dicho sea de paso, no sé lo que es, por mucho que haya ascendido a los tepuys, o haya cruzado el paso del Khyber, haya visitado el museo del Orinal en Ciudad Rodrigo, o comido sesos de mono en Lahore. Pero viene, ¡ay!, esta señora para explicármelo. “Al turista –dice- le bastaba con hacer la cruz en el recorrido de la guía. Al viajero, por el contrario, le bastaba con saber que en aquella casa Freud había escrito alguno de sus libros más notables”. O sea, el turista va a cumplir (con la guía) y el viajero, en cambio, a sucumbir (ante su profundísimo conocimiento). ¡Vanitas vanitatis!.
“El turista –dice- en su afán de novedad, nunca regresa a los lugares visitados”. No sé cual es la especialidad de esta señora, pero debería dedicarse al sector de las porterías; lo digo por eso de opinar de todo, sobre todo de lo que no se sabe (y los porteros me disculpen por querer incorporar esto a su gremio). Sólo un dato oficial: el 68% de los españoles que viajaron en 2010 al extranjero lo hicieron a destinos ya visitados con anterioridad. “A completar la guía”, dirá, una vez más, de oídas. Pero resulta que el 72% no lleva guía. ¡Intrincado asunto intelectual!.
Pero toda obra poética tiene, al menos, un ripio perfecto; y dice: “Aunque lo peor del turismo es su capacidad infinita de banalizar la experiencia”. ¡Jesús!, parece ésta una frase sacada de una aplicación informática del género hágalo-usted-mismo: “Escriba en los periódicos contra la moderna globalización”. Así, donde pone “turismo”, sustitúyalo por arte de vanguardia, cocina contemporánea, relaciones sexuales actuales, … ¡y funciona!.
En la recién publicada “Viajes y otros viajes” de Antonio Tabucchi, leo: “¿Y qué hay mejor, para los turistas que en el fondo somos (tal vez seamos todos turistas, en este mundo), que pensar, por un momento, que no somos turistas?”. La señora que firma la columna, parece ser, ha sucumbido a la tentación de considerarse espíritu que no defeca (Rimbaud me perdone; y, también, la susodicha, a la que no quiero ofender). En fin.
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