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Tres horas en Estambul

Por Pablo Strubell


 

Pensar en Estambul es hacerlo en el Bósforo. En sus corrientes y en sus aguas, en los barcos que lo surcan, en las gaviotas que se lanzan al agua a por sus peces y en los pescadores que compiten con ellas, desde la orilla, con sus cañas de pescar.

 

 

Estambul nació a sus orillas, a su rebufo, en el Cuerno de Oro. Desde ese pequeño entrante (o saliente, en realidad) de agua, la ciudad fue creciendo por el lado europeo a medida que aumentaba su importancia. Y, cuando el lado occidental del estrecho no fue suficiente, el lado asiático empezó a llenarse de iglesias, mezquitas, palacios y, finalmente, casas y edificios.

 

 

La ciudad, hoy en día, se expande hacia Asia y Europa desde sus aguas. Son el centro que une a ambas orillas, un foco de actividad; un lugar para el esparcimiento que, en verano más que nunca, atrae a miles de personas a sus riberas.

 

Disfrutar de un día en el Bósforo, preferiblemente un domingo, es algo que no dejo de hacer siempre que visito la ciudad. Y, además, por ser fin de semana no es necesario madrugar demasiado. Mejor no hacerlo, para encontrarnos a Estambul en plena ebullición. Tomo un autobús hasta Rumeli Hisari, justo debajo del segundo puente en el lado europeo. Y allí empieza mi recorrido a pie, que tres horas después me dejará en el bullicioso mercadillo dominical de Ortaköy.

 

 

 

 

 

Empiezo desayunando en alguno de los cafés que pueblan los bajos del castillo, a la sombra de enormes árboles. Un desayuno turco tradicional, por supuesto, con huevo duro, tomate, pepino, queso y aceitunas. No debería faltar el sabroso aceite de oliva o miel, mantequilla y mermelada acompañando el pan. Y té negro, turco, de las montañas del Mar Negro.

 

Desde Rumeli Hisari empiezo a caminar, con el estómago lleno, cómodamente por el paseo a orillas del Bósforo. Me encanta contemplar a los niños que, a falta de piscinas municipales, saltan alegremente al agua dejándose arrastrar por la corriente. Los padres, despreocupados fuman mientras pescan o pasean, hablando de fútbol o política, y las madres permanecen sentadas en el césped con las niñas, preparando el té.

 

Una hora. Me cruzo con motos de gran cilindrada y coches descapotables a medida que me acerco a Bebek, uno de los barrios más exclusivos de la ciudad. Pero, sobre todo, con muchas mujeres haciendo footing, paseando a sus perros o caminando rápidamente, con un café con leche para llevar en la mano, mientras escuchan la música de su reproductor iPhone. Es una de las muchas caras de Estambul: la que mira a Europa, la que se siente europea en costumbres y consumismo.

 

Aún es pronto para comer en alguno de los exclusivos restaurantes de pescado que allí hay, pero en la heladería hay cola: todo el mundo quiere comer el famoso helado chicloso de Bebek. Junto a la embajada egipcia los columpios están atiborrados, casi tanto como los cafés en los que jóvenes sentados en pequeñas banquetas de madera, toman sorbos de tacitas con forma de tulipán, mientras juegan al backgammon, allí conocido como tavla.

 

Dos horas. Paso por Arnavutköy, con sus preciosas casas de madera al borde de la carretera. Los campanarios de algunas iglesias destacan por encima de los techos de casas, de apenas dos o tres pisos. Era una zona ortodoxa, de armenios, griegos.  Me dedico a observar como enormes petroleros suben y bajan por el Bósforo, con parsimonia, con lentitud. Los más grandes, escoltados por remolcadores, no sea que un error cause una tragedia. En la orilla, pequeños embarcaderos con yates y chalupas aguardan pacientes a sus propietarios. Algunos los usan como medio de transporte para llegar a restaurantes y discotecas con amarres exclusivos para sus clientes.

 

Tres horas. El primer puente marca mi llegada a Ortaköy. Bajo este, se alinean algunas de las mejores y más famosas discotecas, a estas horas cerradas, de la ciudad. El tráfico cada vez es más intenso, la gente también. Los tumultos que fisgan por los puestecillos de artesanos (cerámica, joyas, replicas de antigüedades, pañuelos…) siempre me han abrumado y me escabullo por el pequeño pueblecillo de calles adoquinadas, casitas de madera otomanas, y cafés y terrazas en las que reponer fuerzas hacia el borde del agua, junto a la preciosa mezquita. Como dándome la bienvenida arranca el ezan de mediodía, la llamada al rezo, que disfruto sentado en el borde del agua viendo como las gaviotas se lanzan al agua a por peces o a por los trozos de pan que tiran los jóvenes…

 

 

Han sido tres horas de tranquilidad, de paseo, de viento húmedo sobre mi cara.  Tres horas de disfrute, como cada vez que vuelvo a Estambul.

 

 

 

 

Pablo Strubell es economista, fotógrafo escritor y autor de Anaya Touring

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