julio 8th, 2011 en Escapadas
Por Isabel Urueña
A solo diez kilómetros de La Habana, justo antes de las espléndidas y turísticas Playas del Este y con acceso por un desvío desde la misma autovía, se encuentra este encantador pueblo de pescadores. Su situación es ideal: aprovecha la frondosa desembocadura de un río y una pequeña bahía que alberga una pequeña playita. Pertenece al municipio habanero de Guanabacoa.
Un malecón a su medida recibe los embates atlánticos junto al torreón llamado El Surgidero, construido para complementar las defensas militares habaneras en 1649. Esta fecha se considera la de su fundación teórica, aunque el lugar conserva su nombre precolombino –lo que significa que tuvo un pasado indígena-, y también los colonizadores españoles lo habitaron un siglo antes.
En el siglo XIX adquirió fama como lugar de veraneo y balneario, gracias a las cualidades medicinales de sus aguas. De entonces datan una serie de casonas residenciales que se diseminan por la parte más alta del pueblo.
Las construcciones más modestas –de una sola planta, y muchas de ellas construidas de madera– jalonan la bahía como antaño.
El tiempo parece detenido: un pescador que lanza su esparavel –red circular rodeada de plomos– metido en el mar con el agua hasta la cintura; niños de piel tostada que prueban su arrojo lanzándose al agua desde las rocas…
Así lo conoció el Nobel Ernest Hemingway, que eligió este lugar para amarrar su yate deportivo “Pilar”. Aunque situó la que fue durante veinte años su residencia cubana –Finca Vigía- en el municipio habanero de San Miguel del Padrón, tierra adentro, de este puerto modesto salía para sus excursiones de pesca. Le acompañaba habitualmente el hombre en quien se inspiró para escribir su famosísima novela El viejo y el mar.
Frente al torreón, una glorieta de columnas rodea el busto en bronce del insigne escritor; como último homenaje a quien tanto convivió con ellos, los pescadores del pueblo fundieron sus anclas para que fuera forjado con su metal.
El entorno es de una belleza familiar, de escala humana. Un tranquilo paseo litoral desde el torreón pasando el puentecito sobre el río, por su playa y más allá, hasta la llamada Punta Rompiente –mucho más amable que su nombre amenazador, pues se trata de costa baja– puede dar idea de lo que significa la palabra “tranquilidad”.
Por si sus atractivos fueran pocos, algunos viajeros enterados sabemos que en Cojímar se encuentra un restaurante magnífico en el que degustar langosta, camarones, otros platos de base marinera… y una espectacular panorámica sobre el mar. Se llama La Terraza, y cualquiera puede indicarnos cómo encontrarlo. Naturalmente, también Hemingway era asiduo del local, como lo recuerdan objetos y fotografías que se exponen en él.
Tanto el Valle del Río Cojímar como los litorales acolchados con la maleza autóctona (la manigua) están protegidos como parajes naturales de alto interés ecológico. Por suerte, el tamaño escaso de su bahía, su variada topografía y la preferencia de los turistas por las playas enormes han preservado hasta ahora este pequeño rincón especial, inolvidable.
Isabel Urueña es autora de las Guías de Anaya Touring:
- Cuba, colección Guiarama
- Suiza, colección Guiarama
- Suiza, colección Guía Viva
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